Sobre lo realmente existente

Por Alejandro J. Gomis

Breve crítica al modo de producción capitalista. Parte primera.

Teoría y práctica son dos caras de la misma moneda a nivel político. La una debe seguir o acompañar a la otra y, si se da el caso en el que una de ellas no existe, en ningún caso podrá constituirse un movimiento político definido o transformador.

La práctica de nada sirve si no existe una teoría que la legitime o la justifique, dando lugar así a movimientos profundamente desorganizados, descabezados y carentes de principios entorno a los cuales organizar la acción. Por otra parte, tampoco es viable un movimiento basado puramente en la teoría, constituido sobre una ausencia total de práctica, el cual necesariamente contendrá tintes idealistas, alejados de la realidad que tratan de explicar.

Sobre esta afirmación surge el concepto de lo realmente existente, que no tiene otro objetivo que criticar las diferencias que existen entre la teoría en la que se basa cada uno de los modelos políticos o sistemas económicos y la forma de llevarlos a la práctica.

Esta crítica se ha llevado a cabo, de la forma más indiscriminada imaginable y por una lista interminable de historiadores, políticos y economistas, sobre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sobre el III Reich. Con esto no estoy pretendiendo decir que las críticas dirigidas contra estos sistemas estén injustificadas, sino que rara vez se dirigen contra el modo de producción capitalista. Sobre este asunto van a tratar las siguientes líneas. Sobre el capitalismo realmente existente (práctica) y su más que evidente diferencia con respecto al capitalismo perfecto que tratan de vendernos (teoría).

La constitución de la clase burguesa como clase dominante y, por tanto, la institución del modo de producción capitalista en la práctica totalidad de los estados-nación actules, jamás habría sido posible sin la Revolución Francesa de 1789 y el Liberalismo, el cual fue la ideología políticamente definida que la hizo posible. Es por ello por lo que podemos afirmar que el capitalismo descansa sobre las premisas de Libertad, Igualdad y Fraternidad, así como en la separación de poderes y la democracia. Estos principios fueron los que fundamentaron la revolución anteriormente citada. Pues bien, como se va a exponer a continuación, el capitalismo realmente existente no conserva ninguno de los conceptos ideológicos que lo hicieron posible en un principio.

Las libertades reconocidas en todos los países occidentales son una farsa, un disfraz, una sombra en la pared.

La libertad de prensa está controlada por los 6 principales grandes capitales que operan en el sector de la comunicación, los cuales poseen el 70% de los medios de este tipo, ya sean televisiones, periódicos, radios, revistas u otros. De esta forma, son capaces de orientar (manipular) a la opinión pública, casi en su totalidad, hacia la dirección que consideren más oportuna o correcta.

La libertad de expresión dejó de existir a nivel práctico en cuanto los discursos dominantes comenzaron a discriminar, excluir y censurar a cualquier persona que se saliese de los mismos. Discursos dominantes, por cierto, creados por los grandes capitales a los que se ha hecho referencia anteriormente mediante los medios de comunicación de los que son propietarios.

La libertad de reunión ya no supone un peligro porque nadie se reúne con intenciones políticas que supongan un desafío para el orden actualmente establecido. A este respecto, me parece importante señalar, como hace Eric Hobsbawm en su libro Historia del siglo XX, la tremenda desvinculación existente entre las personas de nuestro tiempo con su pasado, así como la enorme distancia, cada vez más patente, entre el mínimo de competencias necesario para ser considerado alfabetizado y el completo dominio de la lectura y la escritura. Vivimos en un mundo adormecido donde por primera vez no sólo no sabemos a dónde nos dirigimos, sino tampoco adónde deberíamos dirigirnos. Por este motivo, no existe ningún movimiento político en la actualidad capaz de movilizar, con fines revolucionarios o transformadores, el suficiente número de personas como para que se cuestione la viabilidad de esta libertad. No obstante, y que no quepa ninguna duda sobre ello, si en un futuro ese movimiento existiese, las libertades de reunión y de tránsito quedarían arbitrariamente suspendidas, con el beneplácito de gran parte de la sociedad ya, por desgracia, profundamente alienada.

Parte segunda pronto.

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