¿Está el amor en peligro? Narcisistas en busca de un proyecto conjunto.

Por Blanca Machín.

En una cultura de consumo como la de hoy en día, dónde triunfan las soluciones rápidas y las fórmulas para alcanzar la satisfacción inmediata, también se comercializa con la promesa de experimentar amor y deseo de forma instantánea, compulsiva y acumulativa. El capitalismo ha sacado rédito de todas nuestras emociones, convirtiendo las relaciones amorosas en un bien de consumo más y un superventas de las redes sociales y los medios de comunicación.

¿Podríamos decir entonces que el amor está amenazado o simplemente en proceso de cambio?

A lo largo de este texto abordaré cómo ha podido mutar nuestra forma de amar en sincronía con las nuevas formas de relacionarnos en el siglo XXI y, como estas nuevas formas han dado lugar a una sociedad narcisista, ya no solo condicionada por la ilimitada posibilidad de elección, sino por un carácter vanidoso e individualista.

La tecnología ha traído consigo una perspectiva distinta de apreciación propia y percepción del otro. La ampliación de los círculos sociales (incluyendo los virtuales) y la inmediatez con la que podemos contactar unos con otros, dan lugar a una ilimitada libertad de elección, que, si bien plantea sus ventajas, puede resultar contraproducente: el exceso de oferta nos incita a la acumulación y la satisfacción instantánea, desapareciendo la permanencia y la constancia. 

La ansiedad por tener (más likes en instagram, más números de teléfono conseguidos en una noche, más match en Tinder) hace que el amor se convierta en un bien de consumo rápido. Así, se abandona cada vez más el compromiso de proyecto, no por miedo a él, sino por la existencia de una necesidad de cambio constante y de sustitución de los objetos de consumo (incluidos nuestros compañeros románticos): todo a nuestro alrededor está hecho para que nos cansemos pronto de una cosa y vayamos a otra.

Tal y como apuntaba el sociólogo Zygmunt Bauman: «Somos partidarios de los productos listos para uso inmediato, los resultados que no requieran esfuerzos prolongados, las recetas infalibles y los seguros contra todo riesgo. Por ello, la promesa de aprender el arte de amar (falsa, engañosa, pero inspiradora del profundo deseo de que resulte verdadera) seduce y atrae con su ostentación porque supone deseo sin espera, esfuerzo sin sudor y resultados sin esfuerzo».

De esta forma, a día de hoy, romanticismo y consumismo se funden en el concepto de las relaciones amorosas, provocando cierta contradicción entre el ideal que tenemos del amor que proviene del pasado (basado en el compromiso), y las importantes fuerzas económicas y sociales que trabajan en otra dirección (el consumo volátil e instantáneo). Resultando cada vez más complicado construir ese proyecto duradero y entregado que nuestra tradición y nuestra sociedad entienden por amor.

Por otro lado, atendiendo al carácter individualista de nuestras relaciones:

Las redes sociales y sus nuevas formas de comunicación han dado lugar a un exceso de culto al “yo”, que interactúa a través de la propia imagen, auto convertida en producto. Imagen que sigue exactamente las mismas pautas que cualquier otro bien de consumo de mercado: alcanzar el máximo nivel de agrado y difusión posible. Así, la burbuja tecnológica hace que nuestras relaciones tanto amorosas como amistosas estén condicionadas por una adicción a los estereotipos y una obsesión con nosotros mismos. Dando lugar a una personalidad narcisista, que se instaura silenciosamente, y que es exactamente lo contrario al amor propio: se abandona la aceptación de uno mismo para dar lugar a una búsqueda insaciable de un “yo óptimo” alimentado por los estereotipos.

Es aquí donde resulta interesante preguntarnos si esa búsqueda insaciable y narcisista del “yo estereotípico” es compatible con el amor y el compromiso a dos que este conlleva (en la monogamia). Entendiendo por amor no un simple pacto de coexistencia agradable sino, como define Byung-Chul Han: “la experiencia radical de la existencia del otro”, que conlleva capacidad de sacrificio y visión conjunta.

En contestación y desde mi perspectiva, quien se encuentra ensimismado es incapaz de vivir plenamente la experiencia de amar, pues eso requeriría abandonar su vanidad e intereses narcisistas para dar lugar a un “yo conjunto” y a esa experiencia radical del otro. Y es que, es muy difícil construir con éxito un proyecto amoroso común cuando este parte de una ya existente relación exagerada con uno mismo. Se podrá vivir la experiencia parcialmente, pero jamás en su totalidad.

Categorías:

Una respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies