Sobre el consumo de personas

Por Alejandro J. Gomis

Mucho tiempo hace ya desde que tenía planeado redactar este escrito. Los motivos de su retraso continuado son varios, los cuales, tengo la sensación, no merecen ser comentados ahora. No obstante, ha influido notoriamente la facilidad con la que puede ser criticado el punto de vista que voy a exponer a continuación. Desde el más acérrimo conservador al más inepto de los liberales podrán aportar su “opinión” (si es que esa mezcla entre citas fusiladas y argumentos aprendidos en redes sociales, con la que acostumbran a debatir estos personajes, puede considerarse opinión) con la intención de refutar lo que aquí se va a decir. Sin embargo, como la importancia que le doy a lo que piense este tipo de personas oscila entre el cero y la nada, finalmente me he decidido a escribir.

De lo que quiero hablar es de la forma que tienen las personas de relacionarse entre ellos actualmente, en concreto, de la juventud, a la cual, por el momento, sigo perteneciendo. A lo que me estoy refiriendo es a la tendencia, cada vez más frecuente, de cosificar u objetizar al Otro. Esto es, relacionarse con los individuos ya no como un semejante, poseedor de sentimientos, emociones, razón… sino, por el contrario, como un bien de consumo, del cual puedo obtener determinados servicios o experiencias, con la única intención de satisfacer las “necesidades” que cada uno tenga durante un lapso de tiempo indeterminado. Una vez logrado este objetivo, poco importa ya la otra persona. Todo esto ocurre, precisamente, porque no estamos considerando una relación individuo-individuo, sino una relación individuo-objeto en la que el objeto ya ha sido consumido y deja de tener utilidad. Pese a estar hablando desde una perspectiva completamente subjetiva, es decir, la mía, es evidente que cualquier individuo con una mínima capacidad de observación está capacitado para detectar este tipo de comportamientos en su vida cotidiana, incluso, en su círculo cercano. De esta forma, pasiones a priori tan puras y naturales como el amor o la amistad, dejan de tener relevancia como lo que son y pasan a medirse en términos de utilidad personal. Quizá, esta sea una de las manifestaciones más claras del individualismo referido en otros textos.

La consecuencia más evidente de este tipo de comportamientos es la aparente ausencia de responsabilidad con respecto a los actos personales. Al no percibir en el Otro a un igual, no a alguien sino a algo, dicha responsabilidad desaparece por absurda, por carente de sentido. Las reacciones de las demás personas, como consecuencia de los actos de uno, dejan de ser relevantes en tanto que lo único que se busca es la satisfacción y utilidad individual.

Otro de los efectos más importantes, a mi juicio, de esta ya innegable realidad, es la falta de compromiso con el Otro. Existe, de hecho, una opinión generalizada peyorativa alrededor de este concepto. El compromiso para con otra persona es visto ahora como una circunstancia que le impone limitaciones y obligaciones al magnánimo e intocable “Yo”. Y así es, sin embargo, no es aquí donde está el problema. Desde la perspectiva de una sociedad completamente atomizada e individualista, todo aquello que restrinja la “libertad” de la persona es automáticamente concebido como algo a evitar, y aquí sí es donde está el problema.

Ninguno de nosotros estamos a salvo de, en mayor o menor medida, llevar a cabo este tipo de comportamientos en alguna ocasión. Al fin y al cabo, somos hijos de esta sociedad. No obstante, reconocer el problema y tratar de encontrar las raíces del mismo siempre es útil y potencialmente transformador. Por último, me gustaría dedicar este texto a mis padres, hermana y gran amigo Luis, personas con las que creo haber encontrado, en su manifestación más elevada, el amor y la amistad respectivamente.

Una respuesta

  1. PGA dice:

    Vuelves con más fuerza que nunca. Te veo incluso agresivo con los liberales y los conservadores. Para variar. Creo que lo que has hecho en este artículo, con bastante acierto, es describir la palabra EGOÍSMO.

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